La informal teoría de los círculos concéntricos (y sobre la deleznable estigmatización de La Tv)

martes, abril 08, 2008




Hay temas que como armas infalibles, pero de las que sueltan los tiros por la culata, se convierten en construcciones discursivas oprobiosas cuando caen en el estigmatizador oficio de ciertos medios. Ahí están los que involucran religiones, las llamadas tribus urbanas, los sectores relegados y los de resistencia, los grupos étnicos, las razas y el color de la piel. Que sí importan al momento de discutir las problemáticas que se van incrustando cada vez con mayor dureza en lo extenso de las sociedades.
Alguna vez se me ocurrió imaginar una especie de árbol de relaciones para intentar establecer la incidencia, mayor o menor, de ciertos problemas sociales –para llamarlos de algún modo- y la afectación que van produciendo con el paso del tiempo en los círculos concéntricos que uno sostiene alrededor: los ámbitos sociales más y menos próximos, para aclararlo.
El asunto es algo sencillo. Mi experimentación primero se preocupó del VIH. En algún momento, a inicios de los noventa, se sabía del fenómeno por lo que vendían los medios. Más o menos se trataba de una plaga corrompida transmitida entre drogadictos y homosexuales que desgastaban sus vidas en lo más inmundo del pecado. Luego se habló de los alcances extendidos por temas de salubridad incontrolada, sobre todo en los hospitales y en ellos durante los tratamientos de transfusión sanguínea. El asunto se complicaba y sus ribetes se acercaban más a la opinión pública. En conocimiento y en cercanía afectiva.
Magic Johnson había resultado infectado y con él el mito de los hábitos de vida juiciosa (¡un deportista de semejante talante!) quedaron debilitados frente al juicio público de una aparente vida desequilibrada en los planos moral y de principios. ¡God save America! Una gran joya americana caía en desgracia. Todos lo conocíamos. Se convertía, seguramente, en la primera víctima de nuestro círculo concéntrico de relaciones otorgado a quienes comparten con nosotros facetas de sus vidas vueltas retazos de espectáculos (a veces pequeños parches y otras grandes telones de terciopelo) por medio de una pantalla. Y así pasaron los años y la última plaga del siglo XX se posó sobre el más cercano círculo de relacionamientos: ya había alguien conocido que padecía la enfermedad, y con eso la incidencia de un peligro que acechaba desde hacía años las estructuras de la vida se hacía carne en algún cuerpo que empezaba a deshacerse. Y se volvía discurso médico, cultural y mediático. Y dejaba de ser una percepción. No lo digo como regla general. Lo figuro dentro de esta suerte de esquema que, como comenté, ideé para jugar con una medición de la incidencia de determinados fenómenos estructurales sobre la población general.
Luego pasó igual con el tema de la emigración de compatriotas en busca de mejores suelos. Pasados algunos años, toda familia tuvo algún conocido, si no era pariente cercano, que había emigrado, con cierta seguridad, a España, Estados Unidos o Italia, para engrosar las partidas de los trabajadores forzados, aquellos que cumplían con las tareas que, en general, los naturales de los países visitados ya no querían cumplir. Así, la cercanía de los casos a la realidad propia iba poniendo de manifiesto la magnitud de un fenómeno que se amamantaba de todos los descalabros posibles del entramado cultural. Así, mi apuesta teórica informal iba comprobándose a sí misma con otro proceso que generó, desde sus inicios, los más diversos estudios. Y por supuesto el acercamiento de los medios.
Hasta que con la pensadera y el artilugio de los círculos concéntricos llegué al primer decenio del siglo XXI y al más reciente inconveniente en términos de afectación colectiva: los altos niveles de delincuencia en las urbes así como en los sectores rurales: inmensa violencia y desgarradora desesperación.
Recuerdo cuando hace alrededor de ocho años a la hermana de un amigo de un amigo le asesinaron delincuentes comunes por robarle el carro. La pregunta refleja para entonces ya exigía una directa descripción de las características fenotípicas, étnicas y de acento idiomático de los perpetradores. Las respuestas, para entonces también, ya empezaban a incluir lo que para hoy es moneda corriente tanto como estigma cuanto como verdad: colombianos, negros, colombianos negros, negros ecuatorianos, ecuatorianos nomás.
Se formó entonces la iniciativa de las camisetas y las marchas blancas que, sin dejar de representar propósitos dignos y justos, tuvo cabida en los medios y por ende en un importante espectro de lo social por haber sido aupada desde sectores de poder e influencia de la sociedad capitalina. Recuerdo que por entonces un muchacho llamado Pablo Jaramillo, hijo de ese segmento que a falta de una sutileza taxonómica (y sociológica, de esas que se escriben con cursiva) para ubicarlo en el panorama social puede considerársele eximio de la clase media quiteña, moría por el balazo que Peter Karmilovich, un funcionario de la Embajada estadounidense, le asestaba en el pecho una madrugada de frío e impunidad. Recuerdo también que con un artículo de opinión al respecto, escrito para el diario La Hora –narrado más desde la indignación que desde la estética escrituraria-, me inauguraba yo en el periodismo. Y por eso no olvido que por Jaramillo no salieron a las calles ni vistieron camisetas blancas ni 100 personas. Ni que los medios no convocaron ni analizaron las diferencias en la participación de la ciudadanía y que poco dijeron aún después de que el asesino huyó ligerito a su país con los papeles en regla.
Pero esa fue una digresión pertinente de la memoria pues venía hablando de los círculos concéntricos y del problema de la delincuencia en la cotidianidad real, y no en la percibida. Y al respecto resulta que tal como pasó en los fenómenos antes citados, el cerco más próximo llegó ya a doblegarse –y hace rato que pasó- debido al constatable incremento de la criminalidad de toda factura. Porque ese es un gran detalle. Una cosa sería hablar de esto diciendo que conozco muy de cerca a personas que perdieron un par de aretes o una billetera en un trolebús atestado a las cinco de la tarde - lo cual no dejaría de ser digno de análisis-, pero diferente es poner en experimento una vez más mi ejercicio informal hablando de niveles gruesos de violencia y de una organización temible en número de miembros y en calibre de armamento; distinto es apuntar para el caso, por lo tanto, que mi hermano lleva incrustada una bala a la altura de su abdomen desde que un grupo de delincuentes intentó robar su vehículo (sin lograrlo, por cierto); que a mi mamá le hicieron el “bujiaso”, se le treparon al carro y luego de hacerle recorrer algunas cuadras le arrebataron la cartera con una jugosa cantidad en efectivo que acababa de cobrar; que a mi papá le asaltaron con pistola a la nuca al pie de su oficina para robarle su computador, y que a mi novia le atraparon entre dos sujetos y le lanzaron gas pimienta a la cara para quitarle la cartera. Diferente es plantearse, entonces, el tema en estos términos. Quiero decir que al haber de por medio semejante volumen de violencia y tal cantidad de casos tan cercanos y recientes, sería pertinente aceptar que aquello de la percepción logró concretarse, arrastrando consigo el miedo, en el perímetro más anexo de nuestras seguridades. Y que eso, además, dice suficiente de la vulnerabilidad de todos los sectores de la sociedad frente a un fenómeno orgánico que más bien funciona –y bien- como sistema.
No obstante, aunque mi círculo concéntrico más próximo ya se doblegó, yo aún conservo la salvedad, pero seguro estoy, como lo estoy de que pronto cumpliré treinta años, de que cualquier momento me llegará el turno. Solo espero que sea después de los treinta y que el hecho no involucre una bala en el corazón para robarme los zapatos, como dice la canción.
-Otra digresión contextual-.
Decía, es, entonces, natural que coyunturas de explosión social como ésta copen de inmediato los espacios de los informativos y los programas especializados del periodismo para ejercer esa presión de opinión que suele conllevar a las autoridades pertinentes y a la ciudadanía en general a tomar medidas de contención al respecto. Y hasta ahí nada que no se haya experimentado y que no provoque una evidente aceptación. Lo crítico está en las representaciones que la prensa crea al construir noticias con material fenomenológico de carácter mucho más amplio y complejo que el que es capaz de analizar el aparato mediático. Al menos aquí. Y en particular con estos casos.

El fin de semana pasado los programas de domingo, como llamo a las revistas televisivas especializadas que disputan el rating en el horario estelar de la noche, dedicaron aproximadamente un 30% de su programación a tratar el tema del violento brote delincuencial en Quito. Entre ellos adoptaron los mismos enfoques: utilizaron las ya conocidas tomas de archivo captadas por las cámaras Ojos de Águila, donde se ve a delincuentes actuando in fraganti, e incluso repitieron entrevistados: un militar retirado devenido experto en seguridad privada que de sugerir que se dedicara un fin de semana a poner a punto las seguridades en los hogares, pasó a endurecer las recomendaciones más o menos a la clave del difunto Charlton Heston.
Por su parte, Día a día algo-algo distendió su enfoque apuntando a remarcar los sectores de Quito y Guayaquil con más incidencia de robos y asaltos, y por ahí se la sacó con cierta distinción respecto a su competidor. Pero La Televisión, al no tratarse de un tema donde Rodrigo Robalino pudo poner en juego la cursilería y la explotación de la pornomiseria como herramienta insigne de trabajo (donde temas como el de la emigración le resultan ideales pues le aseguran una cantidad contundente de lágrimas y moqueo), encontró con Santiago Ron el eslabón perdido para la construcción de estigmas y la interpretación de símbolos al más antojadizo estilo de la lectura del café.
El reportaje sobre la seguridad (que más bien debiera apuntarse inseguridad, digo…) consta de tres clips en su sitio web que junto a otros tres componen el material completo del programa pasado. Es decir, el tema de la seguridad (o de la falta de) se llevó el 50% del contenido. En él abundaron las deplorables dramatizaciones a las que han venido apegándose de un tiempo a acá cuando las representaciones que quieren ficcionar conllevan alguna dosis de acción. Pero al respecto no pretendo objetar la capacidad actoral de los comedidos (si es que los son de voluntad propia) pues para el caso su performance no tiene importancia alguna. Lo que preocupa son las estigmatizaciones que se sostienen al explotar determinados rasgos fenotípicos de las personas que son utilizadas para realizar las dramatizaciones.
El escenario ya es conocido pues como un set de Hollywood se utilizan para cualquier caso los exteriores inmediatos y algo de los interiores de paredes ladrilladas pintadas de blanco de la casa donde funciona la central de operaciones del programa. Pero eso también me tiene sin cuidado. El asunto central está en la premeditada disposición de los realizadores para lograr las dramatizaciones con la participación de individuos que denotan evidentes rasgos del mestizaje que más preponderancia tiene de lo indígena y lo negro que de lo blanco, y que circulan en un rango etáreo que comprende la juventud y la adultez temprana. En palabras claras, los sujetos que realizaron las actuaciones fueron escogidos como de un casting express que puso en evidencia que el imaginario de la sociedad y de los medios está constituido de todos esos prejuicios dañinos que desde otros sectores (académicos, activistas, artísticos, entre otros) afortunadamente se quieren erradicar. Desconozco si los sujetos participantes en esos reportajes son parte del staff del programa, y si es que lo son a qué rango de oficios pertenecen, pero lo que sí sé es que no se trataba de ninguno de los realizadores que personalmente conozco y tampoco de los que no conozco personalmente pero que se dejan ver en el programa cada domingo. Porque ahí sí aparecen ellos haciendo cameos como para asentar la firma de su realización, con los rasgos del mestizaje donde prepondera la herencia ibérica por sobre la india. Ahí sí, sin problema alguno, recorriendo las Rutas del Libertador, probando autos de última tecnología o señalando una pared con “tres misteriosas figuras de color verde”, como las que, según Santiago Ron, representaban símbolos delincuenciales que servían para marcar las casas que estaban listas para ser robadas. Así de claro y contundente, a lo Jaime Bayly acusando a Correa de haber financiado su campaña presidencial con dineros de las FARC. Sin pruebas, pero con desfachatez.
¡Ron incluso dijo que una de las extrañas figuras significaba que adentro de la casa vigilaba un perro doberman! Vaya suspicacia la del periodista. Vaya atrevimiento. Quizás sería de decirlo: vaya desatino, pues a mí las mismas extrañas figuras que a él le parecieron insignias criminales me parecieron tags tribales de esos que los cultores del hip hop van asentando en las paredes mientras callejean las urbes para ver qué vuelta le sacan a las rimas. Y que pueden o no tener vinculaciones con la delincuencia. Como pueden tenerlas o no los políticos, los militares o los curas; los negros, los mestizos más indígenas o los blancomestizos más colorados, pero no por ser hiphoperos, graffiteros o reporteros de tv, sino por ser parte de un ring de tensiones socio-estructurales cuyo análisis implica mucho más rigor del que imprimen los medios que compiten por el rating en horario prime time. Rigor que solo puede existir cuando se deja de lado la estigmatización y la espectacularización de la noticia.

(Los videos en cuestión pueden verse aquí: http://www.tvecuador.com/. El de mis referencias es el que se llama Seguridad parte 2. No pude subirlos directamente al post porque al parecer esta plataforma no acepta videos que no estén cargados en Youtube.com)



Pd: recuerdo el caso de los graffitis de chanchos que aparecieron pintados alrededor del sector de Samborondón, en Guayaquil. Los medios, inmediatamente a su aparición, los atribuyeron a los Latin Kings y a una suerte de manifiesto de venganza declarado a otra agrupación juvenil. Pero luego, el artista urbano Daniel Adoum Gilbert, oriundo de aquél mismo sector privilegiado de la sociedad porteña, reconoció haber sido el autor de los stencil que querían representar la chanchocracia: la marranería de los grupos de poder, donde los grandes medios también tienen su plaza reservada.

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13 comentarios

  1. a veces dan ganas de que todo explote irremediablemente hacia la desgracia extrema, tal vez ahí nos libremos de prejuicios y pendejadas...

    los medios... ya nada me sorprende...prefiero ver E! News que "el mejor programa de la TV"

    con lo de los chanchitos, todo llegó al límite de lo asquerosamente absurdo, recuerdo que en esa época trabajaba en un canal de tv y ya estaba circulando en el correo interno la consabida hoja de amenaza pandillera escrita a máquina sobre papel de líneas azules, recuerdo que una compañera estaba asustada, la noche anterior habíamos con unos amigos visto al joven Adoum pintando los chanchitos, se lo expliqué a la chica y no me creyó. En la noche un reportero elucubraba de la venganza de los Latin (unidos a los Ñetas) porque en una disco había muerto un miembro a manos de un aniñado, razón por la cual se había creado esta diabólica alianza, los chanchos blancos significaban zona de paz, zona de tránsito, los chanchos negros agresión a los aniñados, y los chanchos rojos: MUERTE....

    el día después llegamos con esos amigos a una fiesta, habían policias, chicas llorando, choferes y guardaespaldas pilas,porque había aparecido un CHANCHO ROJO en Los Ceibos, al rato la policía a la fiesta llegó con un par de skaters muy conocidos por todo el mundo, a preguntar si los conocían, su error SER NEGROS...

    damos pena como sociedad, malditos hijueputas atrasapueblo los que viven gracias a la ignorancia...

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  2. Seria bueno poder ver los videos a los que te refieres.

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  3. Es cierto. Quise subirlos directamente, pero como no están en Youtube ( y de lo que entiendo el Blogger solo carga esos videos) no pude hacerlo, de todas formas -y ya lo voy a apuntar en el post también, se los puede ver aquí: http://www.tvecuador.com/
    Al que me refiero expresamente es el que se llama Seguridad parte dos.

    Saludos y gracias pro el comentario.

    S.

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  4. Gracias, Autómata,
    muy interesantes y decidores tus detalles "in doors" sobre el "fenómeno chanchos graffiteados".

    Siéntete dichoso de tener al menos como alternativa E! News... yo no tengo cable.

    Saludos.

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  5. Gran parte del periodismo ha preferido ser espectacular a exacto, llamar la atención antes de presentar todas las caras de una información, defender su puesto por puntos de un eventual raiting y no por el compromiso con su profesión. Más si se llaman programas de investigación; lo único que hacen es repetir los prejuicios y la ignorancia impregnadas en la sociedad.
    para colmo los periodistas se han convertdio en protagonistas, desde el punto de vista de que se creen con autoridad para aconsejar y juzgar, desde una visión sumamente estrecha y mínima. Hay que leer a Caparrós, que decía que el periodista no debería aparecer en las notas televisivas. la pregunta es: ¿lo hacen porque están convencidos o por mantener su puesto, su fuente de empleo?
    saludos.

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  6. Colega,
    yo soy el que está convencido de que lo hacen porque con la espectacularización del trabajo periodísitico -en todos sus formatos- viene el afán de exposición y gloria mediática. Y también porque alguien, alguna vez, marcó pautas con las apariciones innecesarias (no como los "puentes" que sirven para dar paso a... o para hacer que las constataciones tengan un peso informativo más contundente) como para dejar rúbrica y con eso se hizo "escuela" en las revistas televisivas. Pero sabemos que aquí alrededor del 80% de los maestros no pasó los exámenes de competencias para la enseñanza.
    Y sí, hay que leer a Caparrós. Lástima que los libros sean tan caros...algo habrá que hacer con eso también. !Ah!, hay internet...

    Saludos también.

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  7. A más de la recargada exposición personal, hay otro problema: el discurso tremendista, repleto de lugares comunes y con el propósito de juzgar, con un enorme dedo moralizante, aparecido desde un imaginario nicho de poder.

    Y alguna gente cree que lo que ve es la realidad sin más. y ahí si que estamos re mal.
    saludos.

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  8. tu blog ha sido añadido en "sociedad" en aquiestatublog.blogspot.com
    gracias por participar

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  9. Gracias por tus sinceras palabras escritas en mi blog. Dssde ya te invito a la presentación del libro, que será seguramente en julio.
    saludos.

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  10. MALDITOS....... algo verdaderamente puerco se viene... lo juro...!!!!!!

    hay que parar esto ya!!!!!!!

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