Su origen está en los concursos de animales para carnicería y en los llamados comicios agrícolas: asociaciones privadas de cultivadores de una región, que tenían como propósito el desarrollo de las técnicas de agricultura por medio de subvenciones y concursos.
El primer Concurso General Agrícola se lanzó en París en 1870, y en 1925 el evento se trasladó al Parque de Exposiciones de la Puerta de Versalles, donde se desarrolla actualmente. De ser al inicio un concurso de animales de producción cárnica, hoy reúne a productores de la tierra, de lácteos y de vinos. La gran vitrina comercial es el Salón Internacional de la Agricultura, que como tal nació en 1964, al tiempo que, por ejemplo, los Beatles daban su primer concierto en Francia.
Ese famoso Salón de la agricultura se volvió, entonces, la feria de la alegría. Este año, entre el 25 de febrero y el 4 de marzo, reunió a más de mil expositores, cinco pabellones, cuatro universos de la producción agrícola (exposición de animales de crianza, “comida de aquí y de allá”, cultivos y productos vegetales, servicios y oficios agrícolas) y visitantes que se siguen contando por centenas de miles.
El viernes 3 de marzo en la noche, el único de los días que permanece abierto hasta las 23h00, el Salón fue un verdadero festival. Por las instalaciones donde funciona, un inmenso complejo de galpones imposible de visitarse entero, y por el público presente, mayoritariamente joven dispuesto para el desate, me recordó al Sónar, de Barcelona. En lugar de música había comida y bebida, y la gente estaba ahí para saciarse, para excederse con ella.
El Salón de la agricultura es una buena muestra a escala de la diversidad cultural de Francia, interpretada a través de los alimentos y las bebidas. Los visitantes se reconocen y se juntan alrededor de esos elementos que identifican, con buena reputación, a su país frente al exterior: los vinos, los quesos, la charcutería, la panadería. Es un motivo de festejo y de orgullo nacional que, ya bajo el efecto de las bebidas mejor logradas de la temporada, se expresa con cantos populares y euforia espontánea, como en cualquier fiesta de pueblo.
“Esto es Francia –decía alguien que paseaba por el Salón con un extranjero-: comer bien y tomar bien”. Por supuesto, no es sólo eso, pero en gran medida, sí, tanto que yo sólo pude visitar el pabellón donde se hacía eso, los animalitos quedaron como inquietud.
Pobrecita, Pamelita, no le dio ni el verbo ni la materia gris para concretar su postura. Y a la Juana ni eso ni la edad ni las ganas de parecerprogrey diferente. Ambas quedaron anuladas por la tromba de sandez de sus contertulias.
Así son.
Rashell Erazo fue competente, cauta, ágil con su destreza para enfrentarse a la ignorancia más ramplona. Porque ignorancias hay varias, e insignes portavoces las suficientes para cada especie. La Pastora, por ejemplo, lo es de la ignorancia que se lleva por convicción. Cómo entender, si no, que en su primer desliz haya sentenciado, con su sonrisa tan solvente, que ladrones, criminales, adúlteros y gays son todos fallas, y de la misma naturaleza. Por eso, para ella apenas un desdén. Suficiente tendrá con vivir a diario su mito.
La concejala y la otrita son, por su cuenta, vedettes de la ignorancia atrevida, esa que irrita más porque se explaya con arrogancia y hasta con ira, como cuando se defienden dogmas inermes. Que encima les paguen por ponerla en escena y que exista una audiencia que les de atención –de lo contrario el programa no seguiría al aire- podría ser también motivo de urticaria, pero eso ya entra en el terreno de las libertades, la de mercado y la de consumo, y como con las libertades en Ecuador hoy se hace lo que se quiere, allá cada uno con su comida basura para el intelecto. Mientras los medios de información sigan argumentando que le dan a la gente lo que ésta pide, y ésta replique que come de eso porque es lo que hay, las neuronas seguirán muriendo por suicidio y exterminio en partes similares.
¿Qué puede ser peor que alguien que diga: “el bisexual es lo peor que hay porque está con hombres y con mujeres y porque ni siquiera le es fiel a su pareja”?
Alguien que realmente lo piense.
Que ese alguien haya sido reina de belleza y sea concejala de la ciudad y moderadora de un programa de televisión en teoría dispuesto para debates enriquecedores, son gajes de la existencia. Pensar es existir, eso es lo que cuenta.
El problema a ellas les antecede y, por supuesto, les supera. La tragedia empieza con el formato del programa –que es, en suma, un formato de pensamiento-. La más burda y ligera manera de imaginar una discusión es oponiendo dos voces disonantes, pero más burda puede volverse al derrapar en la selección de éstas. A la representante de la asociación trans le opusieron una pastora evangelista, legitimando en ella la multiplicidad de criterios que puede existir acerca del universo de las diversidades sexuales, y como si a sus honduras se le antepusieran, por defecto, los hoyos negros del conservadurismo cristiano. Mientras en países de la región el tema se discute en el campo de los derechos civiles, ese programa lo hunde en la bruma catequista de la Edad Media. Al tiempo que lo usual en un debate –al menos en concepto sensato- es la presencia de conocedores del tema desde disciplinas como los estudios de género, la jurisprudencia, la psicología social -además de suficientes miembros de las comunidades en cuestión y no sólo uno para acribillarlo-, el programa se vale de hechiceras de la moral y de eruditas del retroceso.
Tan poco hace el programa con esas presencias como los noticieros que invitan a Lucio Gutiérrez o Blasco Peñaherrera en calidad de representantes de laoposición política. El aporte es nulo, la carencia elocuente. Vergonzoso es el estado de la reflexión que promueven varios de los más grandes espacios de información local. Reprochable es que ese programa se atribuya como concepto -Así somos- una supuesta representatividad -colectiva en general y de género en particular-.
En cincuenta segundos, Rashell aportó con lo único desligado de cualquier doctrina fútil. Su explicación clara evidenció que un proceso de pensamiento ha permitido plantear, para este punto, una taxonomía que ha buscado incluir a la diversidad intrínseca del universo trans. Ese “paraguas”, dijo, engloba a travestis, transgénero y transexuales, y detalló cada particularidad. Esa única dosis de razonamiento la concejala se la pasó por encima poniéndole a Dios por delante: él no hizo el mundo así, punto. Y Luego vino su desfogue célebre, haciendo aspavientos, apuntando con el dedo para que la escucharan bien. Tan soberbia. Tan patética.
A la otrita le preocupa la posibilidad de que en la cédula de identidad exista la opción de elegir un llamado “tercer sexo”. Le preocupa porque, dice, eso sería irse contra la identidad de los ecuatorianos. Para ella un documento de identificación –uno que al individuo le vuelve una cifra para las estadísticas- es un instrumento en el que se resuelven todos los entresijos de una nación multicultural y pluriétnica. Lo será también el Mall del Sol para explicar el desarrollo de Guayaquil. Y lecciones de ese tipo le dará a su hijo mientras comen en un restaurante en Estados Unidos.
Así serán ellos.
Si en algo falla Rashell es en conceder ventaja cuando quiere reivindicar su condición. Si me lo permites: no pidas tolerancia, hacerlo implica aceptar, conscientemente o no, que quien la otorga lo hace cediendo a la supremacía de su verdad. Y ésta, al menos en este caso, no existe. La noción de tolerancia tiene implícita la de hegemonía. ¿Por qué pedirle a otro que te tolere cuando su opinión y sus creencias son sólo unas entre tantas? Para avanzar en la comprensión de determinados temas sensibles no se necesitan concesiones de quienes creen pensar lo correcto, sino ubicar en un mismo nivel ideas plurales. Exige respeto, eso es lo que falta.
Finn Batato, Mathias Ortmann, Bram van der Zolk y Kim Schmitz, administradores de Megaupload, detenidos por el FBI. MBH/Foto: GTres
Una entrevista (en audio, 7 min.) sobre el cierre de Megaupload con el español Enrique Dans, profesor de Sistemas de Información en el IE Business School y colaborador en varios medios sobre temas relacionados con Internet y nuevas tecnologías.
Dar click en play:
Sobre el caso Megaupload y las iniciativas SOPA y PIPA, Dans escribió recientemente artículos para El País y Público, y otros más pueden revisarse en su blog.
*Entrevista hecha para Radio Francia Internacional y publicada -en parte- aquí.
Marcel Marx (André Wilms, impecable) es un precario caballero. Viste de chaqueta gastada y sobrevive de lustrar zapatos en la estación de trenes de Le Havre, ciudad costera del noroeste francés y segundo puerto del país luego del de Marsella. Marcel Marx lustra zapatos porque fracasó con la literatura, es el héroe del mismo Aki Kaurismäki en La Vie de bohème (1992), que veinte años después dejó París y se dedicó a limpiar calzado, dice, para estar más cerca del pueblo, por eso en la precariedad de su vida no se siente ninguna pena. Fracasó con la literatura, pero la lleva ágil en su hablar común, se expresa en verso o en prosa florida lo mismo para consolar la enfermedad de su esposa, Arletty, que para agradecer las copas que le ofrecen en el bar del barrio.
Al puerto de Le Havre llegan contenedores llenos de migrantes clandestinos que anhelan quedarse o llegar a Londres. Los controles de policía y las detenciones son más frecuentes que las pasadas con éxito, pero un día, al descubrirse un contenedor lleno de africanos y mientras la prensa sensacionalista espera para disparar la foto de primera plana, Idrissa (Blondin Miguel), un niño que bordea los 12 años, escapa y se pierde en la ciudad.
La calle junta a Marcel Marx y al niño y así empiezan un trayecto laberíntico hacia la consecución de ese viaje truncado. Entonces, en su último filme Aki Kaurismäki se compromete con la causa de la emigración y relativiza, quizá revierte, el sistema de controles y sanciones que la arrincona. El compromiso no se queda en la denuncia sino que genera un accionar que se dispara como si en quienes lo ejecutan fuera algo natural, como si sólo faltara tener la causa al frente, como si ese asunto de principios permaneciera inquebrantable a pesar de leyes punitivas y amenazas, e incluso por encima de las denuncias del delator que nunca falta (desde la sombra y a través de una ventana, muy a lo Hitchcock, apenas marcando un teléfono con pulso inquieto).
Kaurismäki teje una red colaborativa, tan venida a más en épocas de crisis. En ella intervienen, para esconder a Idrissa de las pesquisas policiales, el tendero del barrio, la panadera, la dueña del bar y sus fabulosos habitués que parecen salidos del cómic Lucien de FrankMargerin. Y finalmente el pescador que usará su barco para hacer que Idrissa llegue a Londres y encuentre a su madre.
Kaurismäki se arriesga por la solidaridad, por la generosidad, por la dignidad. “Me gusta la sociedad”, dice el tendero cuando tiene que atender al inspector de policía que busca al polizonte. Mientras en Europa occidental los gobiernos promulgan leyes antimigración cada vez más restrictivas e incriminatorias, el director finlandés le apuesta a una historia de complicidad en beneficio de un sueño; le apuesta a lo humano como todavía posible queriendo que lo humano se desprenda de la ficción. Tan humana la ficción que incluso el inspector termina participando en la trama cómplice, pero por ello, tan predecible el desenlace.
Bien hacen las críticas al comparar Le Havre con Welcome(2009), de Phillipe Lioret, en su temática del joven migrante perdido en un no lugar; pero poco al no ahondar en sus distancias. Ambas son políticamente comprometidas y Welcome es de una gran prosa curtida, pero Le Havre es poética. No sólo en los diálogos, solemnes y lacónicos, pero irónicos y graciosos; sino también en la iluminación, que ensombrece el contorno y fija el spot sobre los sujetos para recrear la temperatura más bien cálida de este thriller templado que recuerda la belleza del Kodachrome. Cuando la sobria fotografía corta plano y contraplano, los personajes quedan enmarcados como en retratos de Steve McCurry, el padre de esa película legendaria ya desaparecida.
La apuesta de Kaurismäki por una colectividad solidaria convoca también a la multiculturalidad porque no hay en el fenómeno de la inmigración clandestina posibilidad para esquivar ese trazo. Chang es su colega vietnamita que limpia zapatos como él, pero que de diferente tiene su condición de legal con papeles falsos. En los interiores por los que recorre Marcel Marx suenan el tango y el blues y cuando organiza un concierto para recaudar los fondos que le permitirán a Idrissa llegar a Londres (otra iniciativa colaborativa), hace subir al escenario a la banda de Little Bob, una leyenda rockera de la vida real e hijo él mismo de inmigrantes italianos.
El filme de Kaurismäki transcurre en un tiempo impreciso. Está el aire retro de una Francia comunal que se actualiza con el tema que discute, pero más hay el aire de fraternidad que le falta a nuestros días.