sábado 14 de noviembre de 2009

Álbum 3: Jugando porque sí

Siendo que la del diseño es una actividad estrechamente emparentada con el ámbito comercial, ejercerla, aplicarla, crearla desligándola de ese designio es una tarea encomiable. Pero dirigirla a proyectos que encierran como principio y fin el gusto y la gana por concebir arte (valiéndose del mismo diseño como lenguaje, forma y método), y el hacer confluir en ello perspectivas distintas no solamente para buscar pluralidad sino riqueza, es, para este momento de urgencias lucrativas, un acto de resistencia. Quizás una declaración de principios que fortalece el etéreo criterio de independencia en la gestión del arte latinoamericano.

17 diseñadores de varias ciudades de Ecuador, de generaciones dispares y de tendencias heterogéneas, que en algún momento exhibieron sus trabajos en la plataforma de Grafitat, fueron convocados a ser parte de este juego. Las reglas se presentaron y se acordó el ilimitado uso de las herramientas: de entre una lista amplia de palabras –nociones, conceptos, universos ellas mismas- cada participante debió escoger una y sumergirse en su rincón para volverla noción, concepto, universo gráfico. Papel, lápiz, tintas de colores, computadores y software a disposición. El juego, entonces, se disparó con el recurso de la espontaneidad como reto, mantuvo como norma básica el desaforo de la creatividad y desechó como principio las limitaciones de cualquier tipo. Así, el juego tuvo de eso el sentido lúdico del proceso y lo experimental de la iniciativa, como cuando se derrama sobre la alfombra una caja de legos para ver qué resulta.

El resto fue caminar junto a una deriva puesta al servicio de los constructores: un dejarse ir respaldado por los capitales que alimentan sus matrices creativas, matrices discordantes en criterios y recursos que le aportaron a este Álbum no solamente pluralidad sino riqueza: tratados gráficos que lo que quieren es ser escudriñados en su potencial hermenéutico. Y sobre esto camina también, muy saludable, la certidumbre de que aún perviven las ganas de simplemente hacerlo.

Algunos trabajos:

Esteban Salgado - FUENTE


Adrián Balseca - CRIMINAL


Luis Bolaños - TRAZADO


Isabel Mármol Ampuero - MARTE


Jaime Núñez del Arco - BOMBEO


Diego Lara - FENÓMENOS


María Mercedes Salgado - ALIAS


Galo carrión y Pablo Ramos / Masakisanto - SACAPUNTAS


Salvador Kingman - PRISIÓN


Jorge Oña - PIANO


Diego Arias y Belén Santillán / Gumo - HABITANTE


Eduardo Vélez / Autómata - EXPERTO


Artistas invitados a esta edición del Álbum:

Eduardo Vélez / Autómata
Adrián Balseca
Luís Bolaños
David Cevallos
Francisco Galárraga
Ana Lucía Garcés
Diego Arias y Belén Santillan / Gumo
Salvador Kingman
Diego Lara
Isabel Mármol Ampuero
Galo Carrión y Pablo Ramos / Masakisanto
Jaime Nuñez del Arco
Jorge Oña
Esteban Salgado
María Mercedes Salgado
Oswaldo Terreros
Wilo

* Para conseguir el álbum comunícate con Ana Lucía Garcés al 093995301 o a pachateartpues@hotmail.com

lunes 26 de octubre de 2009

Slow revolution



Existe en el esfuerzo del italiano Carlo Petrini un énfasis en la valoración simbólica de la vida y sus contextos. De hecho, así empezó la lucha. Era 1988 y en la Plaza de España, en Roma, acababan de abrir un Mc. Donald´s. Con ello, para él, un símbolo urbano de tradición, historia y belleza se venía abajo. Y lo que acababa con el lustre majestuoso de ese patrimonio era nada menos que la marca de los arcos dorados. De alguna forma, la identidad de la ciudad quedaba golpeada, y, por lo tanto, algo urgente había que hacer.

Un brote de rebelión cobró fuerza en un núcleo de la clase media intelectual romana. No se trató del proletariado levantado el que avanzó desde el monte, fue una conjunción de poetas y cientistas sociales los que caminaron pisando el concreto citadino. Resolvieron hacerle oposición, disputarle a la industria del Fast Food las lógicas de conquista de los hábitos alimenticios. Hábitos de vida, al fin.

Meses después, en Paris, 1989, para aprovechar (otro gesto cargado de simbolismo) la conmemoración de los 200 años de la Revolución Francesa -momento histórico después del cual, según Petrini, los cocineros franceses dejan de servir solamente a la aristocracia y empiezan a desarrollar el sistema de la restauración para los ciudadanos en general-, se suscribe el Manifiesto del Movimiento Internacional Slow Food con la presencia de delegaciones de 20 países, que en ese poco tiempo ya se habían sumado a la iniciativa.


Hedonismo y revolución

De entrada, las directrices del movimiento se reconocen como políticas, filosóficas y culturales. Una concepción particular del gesto cotidiano más llano, el acto de comer, se convierte en la punta de lanza, y sobre éste se recarga la necesidad de reflexionar, en cambio, sobre los aspectos menos acotados: los contextos de producción de los alimentos y la explotación controlada –o no- de las especies; los procesos de comercialización; los orígenes culturales de las recetas; el otorgamiento de calidad de tiempo y sabor a la alimentación diaria. Y es en esto último en lo que el movimiento centra su enfoque: la educación del gusto para con ella enfrentar la calidad mediocre de los alimentos que se ofertan y la homologación en las dietas que impulsan las transnacionales de la comida procesada. Una reivindicación del derecho al placer sensorial que produce la comida para entonces entrar a valorar el antes y el después de lo que tomamos por alimento. Tras el goce para todos, el despertar de un interés por salvaguardar las gastronomías locales de los pueblos, los modelos tradicionales de producción centrados en una explotación menos agresiva de especies animales y vegetales, y una agricultura basada en los modelos sanos y limpios de las comunidades nativas. En definitiva, un prototipo holístico de convivencia que fuera definido por el New York Times como eco-gastronomía. Definición que a Petrini, un sociólogo con inmersión de compromiso en la política y en la organización comunitaria, le simpatiza bastante, puesto que, como afirma, “hablar de alimentación sin hablar de medio ambiente es una locura. Es más, un gastrónomo que no es ecologista es estúpido, y un ecologista que no es gastrónomo es triste”.


¿Aquello de la educación del gusto no contiene cierto carácter aburguesado, exclusivista?

No, no, el placer gastronómico no es un derecho solo de los ricos, es de toda la humanidad, y el placer también es necesario para comprender la calidad del producto. Yo creo que la calidad de los alimentos en este preciso momento histórico debe ser buena, limpia y justa. Buena significa que sea organolépticamente buena, y para poder apreciar eso se requiere educación. Al mismo tiempo debe ser limpia, y eso se consigue trabajando por la defensa del medio ambiente, no se pude producir comida destruyendo la fertilidad del suelo ni la biodiversidad. Luego, debe ser justa, es decir, por ejemplo, que los pescadores que salen en la noche a pescar para nosotros deben llevar una vida digna y recibir un pago justo por su trabajo. En este momento, si falta una sola de estas tres características, no se puede hablar de calidad alimentaria.


Precisamente en este momento en el que el mundo atraviesa una crisis económica profunda, ¿no resulta casi utópico pensar en la posibilidad de invertir más dinero en la alimentación (usted ha dicho que en Europa, por ejemplo, en promedio se invierte solamente el 13% del salario)?

En Italia cada día se desperdician 4 mil toneladas de alimentos, igual pasa en Inglaterra, Alemania, Francia, y las cifras son mucho mayores en Norteamérica, pero también aquí (Ecuador) cada día muchos alimentos terminan en la basura, porque esto es una locura planetaria. En el mundo se produce diariamente alimentos para 12 billones de personas y la población mundial es de seis billones y medio, de los cuales un billón sufre de hambre y malnutrición, mientras que un billón y 700 millones sufren de obesidad, diabetes y enfermedades causadas por la hipernutrición. A esto me refiero cuando digo que se trata de una locura planetaria. De modo que si se implementa una educación respecto a esto, si aprendemos a reconocer el justo valor de la comida y a otorgar un pago justo para los productores; si moderamos la cantidad de las comidas sin buscar la abundancia, y si tratamos de “comer local”, es decir, si buscamos los productos tradicionales que se mantienen más salubres y que no viajan mucho y por lo tanto no aumentan demasiado su costo, se puede absolutamente contener el precio.


Comunidad global

Lo que empezó como un movimiento de conciencia se volvió una asociación sin fines de lucro que estableció una red planetaria de participantes. Las sedes asociativas se encuentran en Italia, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Francia, Japón, Reino Unido, Holanda y Australia, mientras que en otros 145 países se crearon núcleos, denominados Convivium, que se ocupan de promover a nivel local los fundamentos de la asociación, de desarrollar proyectos educativos en escuelas, hospitales y prisiones, y pequeñas empresas de producción agroalimentaria, además de organizar cursos, degustaciones y viajes para afinar el gusto y la apreciación gastronómica de los pueblos. Para hoy, alrededor de 100 mil asociados que forman parte del movimiento aportan cuotas distintas, según su continente de procedencia, que sirven en parte para mantener andando el proyecto Slow. Las otras estrategias de captación de fondos y de promoción se centran en la organización de grandes eventos gastronómicos y de discusión, como el Salone del Gusto, el Slow Fish y el Terra Madre; en las estrategias publicitarias sobre la asociación, y en un fuerte cuerpo editorial, el Slow Food Editore, que produce libros, guías, revistas, boletines web, manuales y recetarios, productos entre los que se destaca el libro Bueno, limpio y justo. Principios de una nueva gastronomía, un ensayo en el que se trazan las directrices teóricas del concepto eco-gastronomía, y que ha sido traducido a cinco lenguas.

¿La educación sobre la alimentación debería ser incluida en los programas regulares de estudios?

Absolutamente. La educación alimentaria es una manera de garantizar la soberanía alimentaria. Si el niño se expone diariamente a una publicidad masiva de productos industriales y no tiene educación al respecto, no puede decodificar el mensaje y va a querer consumir esos productos. Pienso que es responsabilidad de los gobiernos de todo el mundo impulsar la educación en este campo.

¿Slow Food se vincula con los gobiernos para aportar en ese sentido?

Sí, como asociación internacional se integra de distintas maneras en los diferentes países del mundo. Ahora estamos en el proceso de nacimiento en el Ecuador, y cuando el movimiento se fortalezca en las provincias, ciudades y pueblos, asumiendo su autonomía y con capacidad para interpretar las culturas originarias así como los aspectos sociales e históricos, podrá ser útil para alcanzar la soberanía alimentaria.

¿Sin educación alimentaria no se puede conseguir la soberanía alimentaria?

Es como el huevo y la gallina, todo marcha junto: educación, soberanía, justicia para los campesinos… Este es un país donde los campesinos son respetados solamente de palabra, pero en la realidad son los que menos ganan, más ganan los intermediarios y los que transforman los productos. La idea es que los mismos campesinos de manera organizada puedan transformar y comercializar, pero ese es un proceso lento que, justamente, requiere educación.

¿La justa apreciación de todo el proceso que comprende la producción de alimentos ayuda a fortalecer una identidad de nación?

Así es, y eso no es un invento de Slow Food. A lo largo de la historia de la humanidad la cocina ha significado un idioma muy profundo de cada comunidad y de cada persona, un rasgo identitario y de sabiduría muy fuerte que se va transmitiendo por generaciones y que para nosotros ya significa un patrimonio, como la naturaleza, como una iglesia barroca, como un castillo medieval.

Pero la gastronomía se mantiene en constante intercambio y renovación, como las mismas identidades…

Absolutamente, como los idiomas, que no son fijos, la gastronomía también cambia. No existe identidad sin cambio. Muchas veces me preguntan cuál es el plato identitario de mi país y yo digo que es la pasta con tomate, pero ni la pasta ni el tomate son italianos, el tomate llega de América y la pasta de la China, eso significa que la identidad gastronómica italiana es el fruto de un intercambio.

Entonces, ¿dónde radica lo esencial de las gastronomías?

Lo verdaderamente esencial es el trabajo y la producción de los campesinos y pescadores.



Por último, el periodista estadounidense Thomas Friedman formuló lo que denominó la Ley de los arcos dorados, un enunciado que básicamente dice que dos países donde existan Mc. Donald´s no pueden llegar a declararse la guerra, ¿qué opina de eso?


Me parece una reflexión muy superficial. Yo he estado en Israel y ahí está Mc. Donalds, y también lo está en algunos lugares de la autonomía palestina… y ya sabemos lo que está sucediendo… Me imagino que la idea se refiere al libre mercado, y yo creo en el libre mercado, pero con justicia, respeto y resposabilidad.


(democraticunderground.com)

miércoles 21 de octubre de 2009

El Baserola Mosh

“Profesión: artesano”




Todos en el ambiente local de la música sabemos de él. Particularmente y más de cerca quienes tiran por el metal. Digamos que es al rock nacional, el “movimiento”, como él lo llama, lo que el Che Pérez fue al Emelec: un hincha infatigable, un activista empedernido; efímeros y comunes los dos, encausados de espíritu en un amor eterno.

En torno a su apariencia y a su interior se han tejido diversas leyendas. Se lo cree violento y enviciado, y con frecuencia se le aplica prejuicio a la voluntad de tenerlo más de cerca que en las anécdotas de los torbellinos del rock.

- Debe ser por el pelo largo, ¿no ve?-, dice el Baserola con aire cándido.

Los estigmas han funcionado bien en su contra. Pero basta ir a verlo lavar carros en El Ejido y sentarse con él donde haya sombra para exorcizarse de los demonios que se le han atribuido.




¿Cual es tu nombre verdadero?
(saca su cédula y se detiene a leerla)
Soy José Eduardo, nací el 19 de marzo de 1969. Profesión: artesano.

¿Cuáles son los principales recuerdos de tu infancia?
Ah, no, pues… la vida es muy difícil. Desde los seis años yo ya limpiaba zapatos en el viejo Cumandá. A tan corta edad yo ya supe lo que es la vida, ¿calas?

¿Y tus padres?
Mis padres, honradamente les nombro porque en paz descansen, no me dejaron riquezas, pero me dejaron buenas enseñanzas, más que todo la enseñanza de trabajar, de no hacer ningún mal al prójimo.

¿Fuiste a la escuela?
Sí fui. Primero estudié en la Vicente Rocafuerte, luego me pasé al Pablo Neruda, pero ya, la verdad, luego me gustaron las calles, porque, sabes qué, te digo una nota, las calles son la mejor universidad: bien te dañas o bien te compones.

Y a ti ¿qué te pasó?
No, yo vi la vida de los dos lados. Lo duro fue que en mi infancia yo no supe lo que es tener un juguete, el juguete mío era la herramienta de trabajo, el cajón (para lustrar zapatos).

¿Qué es lo más duro de la calle?
El frío, la soledad.

¿Y lo mejor?
Que te enseña a sobrevivir.

¿Cuándo y cómo empezaste a relacionarte con el rock?
Puta, viejo, cuando había la radio Pichincha, en el 78, 79. Ahí había Romper falsos mitos con el Carlos Sánchez Montoya, y Archivos con el Patricio Borja Reyes, si no me equivoco.

¿Qué música sonaba?
Más que todo el heavy: Barón Rojo, Ángeles (del Infierno), Obús.

Y de Ecuador, ¿cuáles fueron las primeras bandas que escuchaste?
Mozzarella y la guayaquileña Blaze, yo les vi a ellos en el Ágora (de la CCE) cuando todavía no tenía techo. Pero lo primero que escuché cuando llegamos a tener un equipo de sonido en la casa fue El rock de la prisión, originalmente de Elvis Presley, pero este rockero mexicano, Enrique Guzmán, le sacó en español.

¿El primer concierto al que fuiste?
Al de los Ilegales, de España, en La Chorrera, cuando les trajeron por primera vez. Desde ahí ya empecé a colarme en los conciertos. Había los policías con sables, me acuerdo, pero igual me colaba.

¿Y lo de Baserola Mosh?
¿Qué te untan en los zapatos cuando te lustran? Eso me puso un pana lustrabotas cuando trabajábamos en la Plaza Grande.

¿Entre el punk, el hard core y el heavy?
A mí lo que más me gusta es el extremo, el black. Me gusta un poco el punk y el heavy, pero yo no soy un tipo cerrado, yo acolito a todo el movimiento, porque al final, el rock es protesta.

¿Protesta contra qué?
Contra la sociedad, porque el rockero siempre es recriminado. Yo te digo una cosa, yo soy Baserola Mosh, soy sencillito, humilde, no soy así de andar de negro, con camisetas, porque al rockero se lo lleva en el interior.

¿Y el ritual del atuendo?
Cuando voy a un concierto ahí sí me pongo mis atuendos: mi cabello suelto, mis jeans apretados, mis botas amarillas de puras hebillas y punta de acero, ¿sabes cuánto me costaron? ¡Cinco dólares!… en el mejor centro comercial de Quito: el Mercado Arenas.

Según tú, ¿qué es lo que te hace particular entre los rockeros?
Una, porque me identifico trabajando; otra, porque nunca han visto a un rockero lavar autos y eso admira a los otros. O sea, a través de mi trabajo me identifico yo, y a la vez llevo el rock duro en el corazón.

¿Cuál es la historia de esas dos lágrimas que tienes tatuadas en la mejilla?
Chuta, hermano, es la vida dura, la muerte de la familia, un solo golpe… y el no poder llorar ante el dolor, loco. Solo cuando estoy en tragos se me va ya porque es como que el corazón quiere explotar… y como dice el dicho, llorando no se saca nada, sino que en vida se hace todo.




¿Qué sientes cuando Mortal Decisión (banda ecuatoriana) canta esa canción dedicada a ti?
No sé, no es vanidad ni orgullo. Me siento bien, nomás.

¿En verdad fuiste artesano alguna vez?
Claro, pues.

¿Y qué artesanía hiciste?
Te voy a decir una nota, te va sonar tonto porque para mi forma de ver en esta vida todo es artesanía: la gran artesanía que yo sé hacer es limpiar zapatos, a mucha honra y a mucho orgullo.


domingo 18 de octubre de 2009

El crucifijo de Vizuete



(Imagen tomada de www.dolfistore.com)



Por bronca y voluntad me había preparado para escribir sobre el Vizuete ganador, el estratega (y también la gran persona) que en más de un partido demostró saber de su oficio, a pesar de los reproches desmedidos que a ratos soltaron algunos periodistas y sobre todo tantos hinchas de a pie. Sobre ese Vizuete, aquel del que la prensa dice que es falto de carácter, liderazgo, pantalones y roce, y del que los hinchas dicen que es sobrado de longués, cholés y runés, es que me disponía a escribir. Sobre él y sobre quienes seguramente iban a empezar a reconocerle méritos técnicos tras la victoria contra Uruguay, a pesar de antes haberle longueado hijueputeadamente porque por esas casualidades de la vida no se carga la pinta de Luis Fernando Suárez, y mariconeado porque dizque se deja mangonear del Bam Bam y del Quinito. Sobre ese Vizuete y, con algo de rabia, sobre esos periodistas y esos hinchas racistas e irrespetuosos es que me proponía a escribir. Lamentablemente hoy no puedo hacerlo, y no porque no le hayamos ganado a Uruguay ni porque deje de considerar como desatinadas ciertas opiniones que pública y privadamente se han vertido sobre Sixto Vizuete, sino porque, para este momento, existe otro factor que me llama la atención por encima, inclusive, de la misma eliminación de Sudáfrica y lo que esto implica: es el Vizuete fanático de los poderes divinos, el que hace sudar en su mano derecha un crucifijo de madera durante 90 minutos y el que puertas adentro de la concentración contagia de palabras celestiales a los muchachos, como esperando –y posiblemente creyéndolo- que el de arriba de metiendo el balón.

Antes del partido contra Uruguay leí en El Comercio una nota que hablaba de cómo Vizuete motiva a los jugadores con pasajes del evangelio y cómo éstos se han tomado las paredes de los pasillos del complejo de Parcayacu, inscritos en carteles alegóricos de esos que uno ha visto colgados cuando por cualquier azar le ha tocado visitar la primaria del colegio Spellman de señoritas (mi hermana estudió ahí unos cuantos represores años, por eso lo digo).

Se conoce de la estrecha relación que los deportistas mantienen con sus hábitos religiosos y de cómo los vinculan en su cotidianidad profesional: se salta a la cancha persignándose, abriendo los brazos para entregarse al cielo mientras se lo mira con ofrenda; los goles se cantan mirando arriba e igualmente se sale del campo agradeciendo con una señal de cruz que se dibuja en los pechos transpirados.

Allá cada uno con su fe y sus costumbres, podríamos decir, allá los hábitos de cada quien y las creencias que cada uno mantenga para sostenerse espiritualmente fuerte, pero ya sabemos lo que en el mundo han causado la fe y el fanatismo cuando han tomado forma de aparatos colectivos, de ejércitos de fieles, de dogma, de doctrina y de precepto. De estructura de conciencia, de matriz de emociones y de brújula de acciones.

Evidentemente ni de lejos comparo la táctica de incentivo espiritual de Vizuete con las directrices disciplinarias de una secta, pero sí reparo en la forma en que al interior de la Selección la encomienda a los poderes divinos parece haberse convertido en razón de empresa, una empresa en la que, evidentemente también, cuenta más, por no decir solamente, lo que con táctica, técnica, talento, orden, disciplina, potencia y, sobre todo pragmatismo y nada de entelequias, se pueda hacer durante 90 minutos.

Jugué por algunos años en la selección de fútbol del colegio católico donde estudié, y más allá de las alabanzas que el entrenador o los jugadores pudieron haber exteriorizado antes de cualquier partido a manera de grito de guerra a la vez que de energizante espiritual, y a pesar de que la que en esas circunstancias se disponía a competir era una institución religiosa, nunca sentí que parte de la táctica de juego planificada o del proceso de maduración y fortalecimiento como equipo de fútbol fuera una entrega devota y enfebrecida a una imagen divina o a sus imaginados poderes ulteriores. En otras palabras, en ese equipo de fútbol la encomienda a alguna supremacía religiosa jamás llegó a convertirse en dogma o en estrategia de juego. Si algún dogma había era el mismo fútbol y las estrategias no pasaban de las buenas o malas directrices que podía demarcar el profesor de educación física. Lo que cada uno creyera por dentro y las individuales invocaciones que uno hiciera se quedaban en ello, en la circunspección libre y personal. Jamás se convirtió en política de estadio, por lo tanto, jamás pesó en lo que dentro de la cancha los 11 jugadores y desde la banca el resto del equipo pudiéramos hacer con nuestros cuerpos y nuestras mentes.


(www.hoy.com.ec)


(www.futboladicto.com)


Pero me parece que en la Selección ecuatoriana durante la era Vizuete bastante peso tuvo el componente de la cábala, la alabanza y el sortilegio orquestados desde la dirección técnica. Tengo la sensación de que la banderita, la bufanda y el crucifijo nunca fueron meros accesorios de patriotismo (¿demagógico?) y que la enorme significación simbólica que se les atribuyó desde su voluntario albedrío no quedó como simple resguardo de un plano de reconforte anímico, sino que de ser abstracción pasó a encarnarse (“hacerse carne”) en el chip de fortalezas con el que los muchachos saltaron a la cancha y con el que el técnico guardó posición en su área mientras apretaba el crucifijo. Un chip de aquellos que se incorporan en la conciencia y que le llevan al fanático, una vez ya sumergido en las movedizas arenas de la fe, a emprender cualquier acción anticipando y anticipándose a sí mismo un inexorable “que sea lo que Dios quiera”. Y cuando eso llega a darse es cuando ya deja de contar -o ya no solamente cuenta- el capital acumulado de táctica, técnica, talento, orden, disciplina, potencia y, sobre todo pragmatismo y nada de entelequias que, según yo, es lo único que sigue siendo capaz de determinar lo que pase o deje de pasar durante 90 minutos de vértigo.

viernes 9 de octubre de 2009

Ilusoria elección informativa*



(http://musgosu.files.wordpress.com/2007/12/television.jpg)



Entre los varios temas para discutir que han disparado los proyectos de Ley de Comunicación, aquel de la supuestamente libre opción del receptor para elegir qué contenidos consumir, se ha desperdigado por varios frentes. Han aparecido artículos de opinión de analistas que desde cierta torre de cristal academicista consideran a las audiencias del país homogéneamente preparadas para discriminar lo enriquecedor de lo superfluo, como si en el elevado consumo de programación basura de parte del público no incidiera un habitus mecanizado que es causa y consecuencia de la pobre oferta mediática.

Es cierto que a las audiencias ya no se las considera pasivas, pero lo activo de la recepción aplica más a las potenciales reflexiones respecto de los contenidos que a los hábitos de consumo reflejos ante determinada programación.

A través de alguna plataforma virtual de socialización, este mismo tema provocó intervenciones que resbalaron en razonamientos vacuos, asentados en elucubraciones sobre lo apocalíptico que podría resultar tal o cual proyecto aún en discusión (especialmente aquel cuyo nombre no quisiera mencionar pero que empieza con P y termina con anchana). En ese tono, fue común la conclusión de que es facultad única y definitiva del receptor elegir qué contenidos consumir y cuáles no. Lo problemático reside en que tal conclusión parte del conformismo con un universo de contenidos en gran porcentaje triviales que los medios han mantenido como fórmula de rentabilidad desde hace décadas. Es decir, de la cómplice aceptación de tener que escoger entre varias porciones de lo mismo o apagar el televisor. ¿Son en el fondo diferentes, por ponerlo como muestra, los talk shows sensacionalistas, los noticieros con alto contenido de crónica roja y las revistas televisivas de varieté farandulera?

“Los medios nos dan lo que consumimos”, fue otro de los comentarios expresados en medio del debate virtual y mediante el cual se hizo expresa la admisión de que toda la responsabilidad queda del lado del receptor y que este mismo justifica el albedrío de los medios para emitir lo que les plazca. Pero si los medios nos dan lo que consumimos es porque en primera instancia consumimos lo que nos dan sin ofrecernos mejores opciones. Por lo tanto, aquella libertad de elección de contenidos se vuelve una ilusoria libertad pues estos no son realmente distintos. No se pude llamar libertad de elección a la opción de tener que escoger entre la basura y la nada, o entre opciones que solamente muestran diferencias superficiales cuando apelan a lo que en el sistema de los medios se llama mimetismo: la imitación de una fórmula que ha probado generar los réditos suficientes.

Entonces, la apuesta va por introducir una variedad que baste para que la elección se ejerza entre alternativas verdaderas, distintas en cantidad y calidad. Para ello se necesitará que la Ley de Comunicación incluya mecanismos de fomento a la producción y cuotas de programación de los contenidos apropiados en horarios de alta sintonía, y, por supuesto, dispositivos de regulación independientes de los gobiernos que exijan que esto se cumpla, porque, está por demás claro, eso de la autorregulación de los medios es también ilusorio.


*Publicado en El Telégrafo el 9 de octubre de 2009.

martes 29 de septiembre de 2009

Diálogo a destiempo



(Imagen tomada de www.daylife.com)


Lo dice con solvencia teórica y argumentativa Wladimir Sierra en su artículo de hoy: los confictos sociales expresados en forma de manifestaciones públicas son necesarios y pertinentes en una sociedad que se quiere deliberativa y abierta a la participación política de la ciudadanía por las vías que parezcan adecuadas o únicas. Luego, es tarea del gobierno de turno despejar el cuello de botella dando apertura al diálogo para que finalmente los consensos alcancen normatividad en el espacio legislativo.

Pareciera una posición ajustada a la contemporaneidad latinoamericana del eterno conflicto, pero nace de las apuestas teóricas de Jurgen Habermas y por lo tanto se asienta sobre las realidades de la Europa desarrollada. Bastaría revisar la tradición ciudadana francesa de lanzarse a las calles a la primera muestra de intransigencia de las autoridades para rescatar el alcance universal de la apuesta.

Tan solo 20 horas después del inicio del levantamiento incentivado por varias organizaciones indígenas del Ecuador, y tras el primer llamado concreto del Presidente a dialogar sobre las leyes en desarrollo que desataron la actual disputa (la primera frase conciliadora que se le ha escuchado en meses fue "con esta medida perdemos todos"), las partes se han convocado a conversar. Sin embargo, para llegar a esto tuvieron que soltar cada una sus estrategias de adhesión popular y medir fuerzas en la esfera pública en una muestra insensata de que interesa más poner en fogueo la potencia simbólica de los sectores políticos antes que acudir al diálgo preventivo para evitar, entre otras contrariedades, cierres de carreteras que caoticen las dinámicas económicas del país y despliuegues reprochables de arrogancia presidencial. La pregunta inmediata, elemental y refleja es ¿Por qué no se evitó este lunes agobiante y se entró a dialogar sobre las mismas bases que desde mañana se asentarán como prerrogativas de discusión?


(Imagen tomada de http://farm3.static.flickr.com)


Un perfectible razonamiento me lleva a pensar que en la presente coyuntura ambos sectores en conflicto necesitaban, como recurso de fortalecimiento político, lanzar sus posturas al ámbito público y medir cuál de las dos alcanzaba mayor respaldo. El problema es que ninguna recibió lo que esperaba. Es decir, apenas metieron la mano bajo la ducha para sentir la temperatura del agua, ambas notaron que seguía fría.

Tras el sistemático debilitamiento interno que los grupos indígenas han venido experimentando desde que rompieron relaciones con Lucio Gutiérrez, necesitaban encontrar un momento y una causa común para volver a juntar a la ecléctica población que los conforma. Parecía que el rechazo a la propuesta de Ley de Aguas iba a ser la bandera, pero tras el desenlace de ayer quedó en evidencia un todavía intenso desencaje interno y el debilitamiento en el liderazgo que en otros tiempos sostenían como fuerte patrimonio ciertas organizaciones, como la Conaie. Aún más, no puede descartarse de los análisis la posibilidad de que el llamado a este levantamiento exprés se haya debido al apetito de ciertos dirigentes por figurar ante su gente en vísperas de las elecciones que en la msima Conaie se realizarán en noviembre.

Del otro lado, me llama la atención que justo después de que varios medios de información publicaran los últimos sondeos de opinión con cifras en clara baja acerca de la popularidad del Presidente y de la aprobación de su gestión, éste decidiera aflojar la tozudez y disponerse a dialogar. Por más que, personalmente, siga creyendo en sus buenas intensiones y en la contundencia de su honestidad, sería iluso pensar que ni su actitud casi autoritaria y arrogante ni las varias polémicas que últimamante le han estorbado directa o indirectamente, le han provocado magulladura alguna. Por lo tanto, qué más conveniente que flexibilizar la intransigencia y provocar el acercamiento con al menos uno de los grupos en conflicto para intentar recuperar la confianza pública. Mientras tanto, la bronca con los profesores, esta bronca cruda y dolorosa parece todavía tener varios capítulos que lamentarse antes de encontrar desenlace.

Digo, a pesar de la confianza que todavía guardo en este proceso y en la necesidad de que vaya concretándose de a poco, no me gusta la poca disposición del gobierno a esto que he llamado diálogo preventivo, aquél oportuno de desarrollarse antes de que tengan que saltar a las carreteras los bandos en disputa para supuestamente defender sus tesis, cuando las circunstancias permitem sospechar que de lo que se trata es de poner a prueba en las canchas sociales sus capitales simbólicos y hasta físicos para intentar recuperar de sus aparentes la confianza perdida en otras contiendas.

Aún así, como todo esto no se trata sino de estrategias políticas, o sea del desarrollo de mecanismos que buscan la capitalización de poder, me parece que es deber nuestro como ciudadanos no dejarnos sorprender ni escandalizarnos de que así ocurra, sino, más bien, seguir las pistas y actuar y expresarnos en los espacios disponibles y en los momentos oportunos, porque con estas manifestaciones también se construyen las democracias que se quieren deliberativas y participativas. Y expresarnos y participar no significa precisamente alentar el escenario ya caótico de la confrontación bipolar, sino ejercer presión colectiva para que el diálogo se desarrolle oportunamente, preventivamente.

domingo 27 de septiembre de 2009

Buscado y deseado



(Imagen tomada de img.blogdecine.com)

Durante estos días de convalecencia tras una cirugía sencilla de tabique, mientras con esfuerzo respiraba por la boca, bastante tiempo tuve para dedicarme a ver películas que tenía represadas en la lista de pendientes.

De entre ellas, por la actualidad que acaba de cobrar la noticia de la detención de Roman Polanski, regresan a mí momentos intensos del documental Roman Polanski: Wanted and Desired.

No quiero alargarme en una reseña del mismo, pues, ante la noticia, imagino que la demanda de este DVD en las tiendas de películas crecerá considerablemente a partir de mañana, y como entre el desconocimiento de una determinada historia llevada al cine y su aprehensión ahora nos separan tan solo dos dólares y en promedio 100 minutos, mejor será que cada quien haga el gasto.

Solamente quisiera apuntar un par de apreciaciones que, creo, vale la pena mecionar.

1. La forma de cubrir los acontecimeintos y luego procesarlos como noticias por parte de la prensa francesa y de la estadounidense. Esto, además de haberme agradado por exteriorizar dos culturas periodísticas a la vez que dos posturas morales divergentes, me pareció adecuado para ponerlo en perspectiva en este momento en que en el país mucho se debate sobre el trabajo de los medios.

En definitiva, aunque el asunto parte de mucho más acá y va bastante más allá, es muy bien resumido por un productor amigo de Polanzki: "Mientras en Estados Unidos lo buscan (Wanted), en Francia lo desean (Desired)". Y para que eso resultara así, mucho tuvo que ver el trabajo que los periodistas desarrollaron cubriendo este caso.

2. El documental tiene mucho de un gran reportaje periodístico de televisión y cobra agilidad cinematográfica en pasajes del montaje, y en esa medida viene cargado de bastante información y apoyado en un amplio y preciso acopio de archivos, pues el caso, por lo sonado del personaje involucrado, fue completamente cubierto por los medios y las cintas afortunadamente no cayeron en la irresponsabilidad de ser incineradas (como pasa aquí con material que ya llega a juntar ciertos años de vida).

En un momento el documental se enfrasca profundamente en el proceso judicial que empieza a enfrentar Polanski. Nuevamente, el material de archivo apoya bastante la narración que, desde entonces, plantea una escenario manejado por tres actores colectivos: 1. El sistema de justicia estadounidense 2. Los medios de información 3. La esfera cercana a Polanski.

Entre estos tres segmentos transcurre el debate de la parte final del filme, hasta que los créditos proyectan a un Polanski refugiado en Francia y encima de él, a pesar de todo, la gloria del Oscar otorgado en 2003. Eso hasta que la noticia de ayer convocara a imaginar una segunda parte bastante polémica.

Pero, a lo que quería llegar es que en ese panorama planteado en tres instancias, hubo una que a mi parecer faltó para que quedara completo. Es la de la opinión publica, o sea, la de los millones de seguidores de la información que, al menos a lo largo de Estados Unidos y en gran parte de Europa, debieron haber seguido los hechos, marcado una posición y, de alguna forma, ejercido presión sobre el caso.

Imagino que el no incluir este elemento se debió a una decisión muy bien considerada de la dirección y no a la falta de material disponible sobre ello, menos al desdén sobre la importancia de la participación de las audiencias en casos de interés mediático cómo éste. Con frecuencia vemos cuánto espacio se le da a la opinión de la ciudadanía en casos de este tipo como para con ellos exteriorizar una idea de moral pública al respecto. Recordemos los pasajes de O.J Simpson y de Bill Clinton con Monica Lewinski. Recordemos, this is America.