En un artículo publicado hace algunas semanas en el diario El País, de España, el escritor madrileño Javier Marías criticó lo que él, en síntesis, considera la vacuidad del arte contemporáneo. Aceptando que para mucha gente sí deben existir contenidos sustentados y significados al menos emocionantes si no trascendentes en varias de las obras que él critica, se enfocó también en lo que representa la utilización de los espacios públicos para la instalación de algunas de éstas, argumentación que, más que la eternamente relativa valoración estética del arte, es lo que quiero rescatar en este artículo.
Mientras que ciertos municipios del mundo facilitan espacios de uso comunitario para el desarrollo de proyectos que Marías considera espantosos, como los Cow Parade o los de las fotos de desnudos de Spencer Tunick -consideración en la que coincido con él-, y cuya permisividad a la vez le parece incomprensible, para otros municipios, como el de Guayaquil (se sabe que en el restrictivo camino de la regeneración urbana anda también, por ejemplo, Barcelona), ciertos espacios deben permanecer prohibidos a determinados usos como efecto de una política que pretende acicalar a la ciudad de elegante ornato y sanas costumbres. Ya sabemos, al impoluto Malecón 2000 se restringe la entrada de personas en zapatillas, con el torso desnudo, y se oprime con silbatazos de guardia privado cualquier expresión de afecto que atente contra la “moral pública y el correcto proceder”. Ante ello, el colectivo guayaquileño Patacaliente convocó a una reunión en la Rotonda de Bolívar y San Martín (abrazados ellos, tan cordiales), para que parejas o emparejados espontáneos, a la señal de otro pitazo (el recurso de la referencia opuesta) empezaran a besarse en pleno Malecón. La iniciativa logró convocar a unas 30 parejas y a varios medios de información que en sus reseñas no destacaron mucho más que la presencia de parejas homosexuales y la casi apoplejía sufrida por los guardias al tener que cohibir el soplido de sus pitos. Como suele pasar, los sentidos, las motivaciones, los resultados trascendentes o los efectos meramente anecdóticos de la acción terminaron ignorados por la prensa.
Resulta lamentable que los esfuerzos, a estas alturas de la involución respecto a la convivencia ciudadana y a lo que algunos teóricos llaman la experiencia del espacio practicado (lo que se afirma como “utilización del espacio público”), estén dirigidos a reivindicar prácticas que desde cualquier perspectiva mínimamente emancipada de moralidades taciturnas podrían considerarse elementales de los seres humanos: afectivos, emocionales, instintivos como podemos ser. Aún así, la convocatoria al besuqueo público representa, con su carga elocuente, lúdica y evidentemente política, la manera de lanzarse al ruedo para litigar en la misma esfera lo que con designios oficialistas ha sido arrebatado de la pertenencia colectiva. En otras palabras, ante coartaciones irracionales de este tipo, frente a las que los debates formalizados resultan estériles, vale más bien salir a las calles a disputar los espacios y a ejercer presión para contrarrestar las ingerencias de una biopolítica municipal retrógrada. Y así se hizo.
* Publicado en El Telégrafo el 9 de marzo de 2009





























