
(Román Pazmiño realiza este trabajo desde hace 25 años. Hoy, conseguir uno al mes es bastante para él pues cada vez son menos las personas que solicitan estos trabajos)
Aquí un adelanto de una investigación que empecé el fin de semana pasado.
Va acerca de las fotografías pintadas al óleo, retocadas con pincel, diría. ¿Las han visto? Son fascinantes. Se trata de retratos individuales o familiares –generalmente, de ahí que una de las entradas investigativas vaya por ese lado, por el de las representaciones personales y grupales que se persiguen- que parten de una fotografía a blanco y negro solamente del rostro de los retratados, y que luego son pintados encima utilizando un instrumento compuesto por un palillo de pincho con puntas de algodón de diferentes grosores, dependiendo de cuán ligero o tan grueso se quiera el trazo. También se utilizan pinceles comunes, pero eso va para la parte del torso, el mismo que es completamente dibujado y pintado por el retocador. Como dije, el trabajo parte de una fotografía del rostro, el resto de lo que aparece en el producto final es obra completa del pintor, quien, al momento de trabajar, mantiene a su lado una fotografía pequeña del interesado desde la cual se realizó la ampliación blanco y negro con una técnica casi secreta que solamente se practica en un taller en el centro de Quito.

(Como se alcanza a ver, en el papel blanco del pedido se especifican los requerimientos que deberán aplicarse a la pintura. La señora de la foto, que viste un traje indígena típico, ha solicitado que se le pinte con un saco, con blusa blanca y una cadena que lleve un dije con la M)
Pero lo encantador de esta parte es que la vestimenta que aparecerá en el retrato completo se pone a disposición de los clientes de entre algunas posibilidades. Y es cuando asoma en el asunto la figura más deslumbrante en todo esto, la del monero. Se trata de una especie de intermediario entre los clientes que quieren retratarse y el retocador-dibujante. Lo de monero viene de Chile, de donde es original esta técnica de trabajo y esta tradición de representar a los individuos con retratos rectificados. En Chile se les llama monos a las tiras cómicas, de ahí que a alguien se le haya ocurrido llamar monos a estos dibujos hechos sobre fotografías (esta parte aún necesita mucha investigación) y que a quien negocia con ellos se le diga monero.
El monero va de casa en casa, en determinados sectores de la ciudad –ahí otra entrada del trabajo: distinguir a qué sectores socioeconómicos acude el monero y por qué-, a ofrecer el trabajo. Lleva muestras del mismo y opciones de vestimenta para los interesados. Éstas son limitadas, por eso, estoy seguro de que si alguien ha visto una de estas obritas, recordará a los señores vestidos con terno azul marino y corbata vino tinto, y a las señoras con trajes en gamas de celeste o verde claro y alguna blusa liviana por dentro. También se sugieren joyas y retoques en el peinado, por eso es que he empezado a considerar a la parte técnica de este tema como una especie de photoshop artesanal. Y por ahí entra la parte más intensa: hacer una indagación sobre las representaciones que estos individuos quieren lograr al pedir ser retocados en un retrato y ser modificados en su imagen (aproximaciones desde la antropología, seguramente desde la antropología de la representación…!qué dirá el X. Andrade si se entera!).

(Esta es una composición típica. Bastan fotos comunes de las personas a ser retratadas para que en el laboratorio se haga un montaje a blanco y negro de los rostros y a partir de éste se haga la pintura-retoque con óleo. El señor viste un terno azúl marino con corbata vino tinto y la señora un traje celeste pastel. Arriba, el pedido con los requerimientos que el monero pasa de los clientes al pintor)
Las pistas están claras: son personas en su mayoría de estrato sociocultural bajo que buscan con estos retratos formas de distinción y prestigio entre sus semejantes. Prestigio buscado a través de una imagen estática y no por medio del desempeño de cualidades personales, del esfuerzo laboral, del carisma en el relacionamiento social ni nada de eso. Esto es algo más instantáneo y también más frugal. Se busca –me parece- poder decorar la sala principal de los retratados para que cuando lleguen invitados éstos encuentren al frente un cuadro donde los anfitriones aparecen (parecen) viéndose (y sintiéndose) distinguidos.
Al pintor no le gusta modificar demasiado las fotos originales, el hacerlo le parece casi deshonesto, pero ese es su trabajo.
Al monero le interesa vender cuanto más pueda y garantizar un retrato donde las figuras se vean altivas.
A los retratados les gusta verse más jóvenes, piden quitar manchas en la cara, blanquear los rostros morenos (por ahí la noción del blanqueamiento como instrumento de dominación poscolonial) y ser vestidos con prendas más refinadas que las que usan normalmente.
Al final, el trabajo se monta en un marco barnizado en dorado potente que lleva un marco interior de terciopelo rojo.
Tantos elementos en juego. Tanto estatus en disputa. La imagen es todo.
Hasta ahí el chisme por ahora. El resultado completo aparecerá luego de una investigación de mediano aliento que, por ahora, no sé si vaya a ser publicada en algún medio impreso.
Por el momento me interesa seguirle la pista a este tema con ambiciones de explorador.




















