Pobrecita, Pamelita, no le dio ni el verbo ni la materia gris para concretar su postura. Y a la Juana ni eso ni la edad ni las ganas de parecer progre y diferente. Ambas quedaron anuladas por la tromba de sandez de sus contertulias.
Así son.
La concejala y la otrita son, por su cuenta, vedettes de la ignorancia atrevida, esa que irrita más porque se explaya con arrogancia y hasta con ira, como cuando se defienden dogmas inermes. Que encima les paguen por ponerla en escena y que exista una audiencia que les de atención –de lo contrario el programa no seguiría al aire- podría ser también motivo de urticaria, pero eso ya entra en el terreno de las libertades, la de mercado y la de consumo, y como con las libertades en Ecuador hoy se hace lo que se quiere, allá cada uno con su comida basura para el intelecto. Mientras los medios de información sigan argumentando que le dan a la gente lo que ésta pide, y ésta replique que come de eso porque es lo que hay, las neuronas seguirán muriendo por suicidio y exterminio en partes similares.
¿Qué puede ser peor que alguien que diga: “el bisexual es lo peor que hay porque está con hombres y con mujeres y porque ni siquiera le es fiel a su pareja”?
Alguien que realmente lo piense.
Que ese alguien haya sido reina de belleza y sea concejala de la ciudad y moderadora de un programa de televisión en teoría dispuesto para debates enriquecedores, son gajes de la existencia. Pensar es existir, eso es lo que cuenta.
El problema a ellas les antecede y, por supuesto, les supera. La tragedia empieza con el formato del programa –que es, en suma, un formato de pensamiento-. La más burda y ligera manera de imaginar una discusión es oponiendo dos voces disonantes, pero más burda puede volverse al derrapar en la selección de éstas. A la representante de la asociación trans le opusieron una pastora evangelista, legitimando en ella la multiplicidad de criterios que puede existir acerca del universo de las diversidades sexuales, y como si a sus honduras se le antepusieran, por defecto, los hoyos negros del conservadurismo cristiano. Mientras en países de la región el tema se discute en el campo de los derechos civiles, ese programa lo hunde en la bruma catequista de la Edad Media. Al tiempo que lo usual en un debate –al menos en concepto sensato- es la presencia de conocedores del tema desde disciplinas como los estudios de género, la jurisprudencia, la psicología social -además de suficientes miembros de las comunidades en cuestión y no sólo uno para acribillarlo-, el programa se vale de hechiceras de la moral y de eruditas del retroceso.
Tan poco hace el programa con esas presencias como los noticieros que invitan a Lucio Gutiérrez o Blasco Peñaherrera en calidad de representantes de la oposición política. El aporte es nulo, la carencia elocuente. Vergonzoso es el estado de la reflexión que promueven varios de los más grandes espacios de información local. Reprochable es que ese programa se atribuya como concepto -Así somos- una supuesta representatividad -colectiva en general y de género en particular-.
En cincuenta segundos, Rashell aportó con lo único desligado de cualquier doctrina fútil. Su explicación clara evidenció que un proceso de pensamiento ha permitido plantear, para este punto, una taxonomía que ha buscado incluir a la diversidad intrínseca del universo trans. Ese “paraguas”, dijo, engloba a travestis, transgénero y transexuales, y detalló cada particularidad. Esa única dosis de razonamiento la concejala se la pasó por encima poniéndole a Dios por delante: él no hizo el mundo así, punto. Y Luego vino su desfogue célebre, haciendo aspavientos, apuntando con el dedo para que la escucharan bien. Tan soberbia. Tan patética.
A la otrita le preocupa la posibilidad de que en la cédula de identidad exista la opción de elegir un llamado “tercer sexo”. Le preocupa porque, dice, eso sería irse contra la identidad de los ecuatorianos. Para ella un documento de identificación –uno que al individuo le vuelve una cifra para las estadísticas- es un instrumento en el que se resuelven todos los entresijos de una nación multicultural y pluriétnica. Lo será también el Mall del Sol para explicar el desarrollo de Guayaquil. Y lecciones de ese tipo le dará a su hijo mientras comen en un restaurante en Estados Unidos.
Así serán ellos.
Si en algo falla Rashell es en conceder ventaja cuando quiere reivindicar su condición. Si me lo permites: no pidas tolerancia, hacerlo implica aceptar, conscientemente o no, que quien la otorga lo hace cediendo a la supremacía de su verdad. Y ésta, al menos en este caso, no existe. La noción de tolerancia tiene implícita la de hegemonía. ¿Por qué pedirle a otro que te tolere cuando su opinión y sus creencias son sólo unas entre tantas? Para avanzar en la comprensión de determinados temas sensibles no se necesitan concesiones de quienes creen pensar lo correcto, sino ubicar en un mismo nivel ideas plurales. Exige respeto, eso es lo que falta.
El asunto en cuestión:
